Kenia sigue dando muestras de que su lucha contra la caza furtiva y el comercio ilícito de marfil va en serio.

En abril de este año el gobierno keniano sorprendió al mundo cuando, en un acto público, quemó 105 toneladas de colmillos de elefantes y cuernos de rinoceronte, provenientes de alrededor de 8.000 animales cazados de forma ilegal.

Ahora, este 22 de julio, una Corte de Mombasa ha condenado a 20 años de cárcel, y a pagar una multa de 2 millones de shillings (unos 200 mil dólares), a Feisal Mohamed Ali, acusado de estar detrás de una red internacional que pretendía traficar ilegalmente unas tres toneladas de colmillos de elefantes incautados en Mombasa en junio de 2014.

Se trata de una noticia importante, ya que en los últimos años la incidencia de la caza furtiva ha aumentado en el África Subsahariana, generando un impacto en el ecosistema, que con el tiempo puede volverse irreparable. Así, mientras en los años setenta se calculaba en unos 1.2 millones los elefantes que habitaban el continente africano, hoy esta cifra se ha reducido a alrededor de 400.000; es decir, en sólo cuarenta años se ha reducido a un tercio la población de este animal, razón por la que se hace imperioso tomar medidas urgentes.

Junto a estas acciones autónomas, el gobierno keniano además viene hace varios años promoviendo que se adopten medidas globales, que prohíban en todo el mundo la venta y tráfico de marfil. Propuesta que espera concretarse durante la próxima Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), que se realizará en septiembre de 2016 en Sudáfrica.

Para Kenia, la protección del medio ambiente es un tema relevante no sólo por sus implicancias ecológicas, sino también por un tema económico, ya que parte importante de los ingresos del país provienen de los miles de turistas que cada año concurren, desde todas partes del mundo, a visitar sus parques naturales. De ahí que la protección de la fauna se encuentre entre las prioridades de su agenda de política pública. Ejemplo que, es de esperar, sigan otras naciones del continente africano.

Fuente: Mwangi Kirubi / Wikimedia Commons